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Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Rayuela, capitulo 93, Julio Cortazar
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domingo, 23 de mayo de 2010

Crónicas de Otra Vida. (II)

El Primer Hombre Delgado había dejado la puerta abierta al irse. Cerrarla ya me parecía un sin sentido. La gente entraba sin siquiera prestarle atención al hecho de que siempre estaba cerrada con llave. El sobre estaba exactamente donde lo había dejado: en el centro del escritorio.

- Me gustaría poder pagarle con algo – me había dicho antes de irse abruptamente - pero estoy seguro de que si todo sale bien será recompensado como se merece.

Lo único que tenía que hacer era guardar el sobre hasta que el vuelva a buscarlo. Única condición debía mantenerlo cerrado. ¿Cómo podía no salir bien?. Por supuesto, en cuanto deje de escuchar sus pasos en el pasillo, todo empezó a ir mal. Abrí el sobre.

Un sol. Había un sol de papel. De varios papeles. Un collage, bastante bonito por cierto. Distintos tonos le daban vida y realismo. Si uno lo miraba de reojo, realmente parecía el verdadero sol. Pero no eran más que papeles uno encima de otro. No entendía el chiste. Para qué querría aquel hombre que yo guardara aquello. Semanas sin sol y entonces un sol de papel. Lo puse contra la ventana en donde solía estar el sol a esa hora. No. No me causaba ninguna gracia.

Guardé el sobre el sol en el sobre. El sobre en el bolsillo de mi campera. Por un instante me pareció que la habitación se volvía más oscura al guardarlo. Me encongi de hombros. Debían de haber sido las luces.

Salí del estudio. No cerré la puerta.

Esperando el ascensor, con su manera de vestir de hippie elegante, su pose entre inocente y provocativa y un cigarrillo, listo para prender entre sus dedos, se encontraba la mujer que solía llamarse Romina Pascua. Mi corazón, por supuesto, se acelero con solo verla. Su olor dulzón ya llegaba hasta mí. Camine hasta su lado. Me saludo con una sonrisa y un hola…


(sigue...)

martes, 18 de mayo de 2010

Crónicas de otra vida

El Primer Hombre Delgado entró casi sin hacer ruido, sólo el chillar de la puerta oxidada lo había delatado. Yo no levanté la mirada de mi libro. Dudó por un instante qué hacer. Ahí, parado ante mi mutismo e indiferencia, pareció que estaba a punto de irse cuando de golpe, se acercó hasta mi escritorio. Ante las dos opciones para sentarse, sospesó cual era la más cómoda. Se sentó a la derecha, equivocándose de nuevo, como la primera vez. Pareció no importarle, o no tuvo voluntad de cambiar de asiento. De su campera sacó un paquete de cigarrillos y prendió uno. Logró que levantara la vista del libro.

- ¿Viste algún cenicero que te invitara a prenderte un pucho? – Me miró atónito. Buscó por toda la habitación. No había ningún lugar donde apagarlo. Se tuvo que servir de las ya destrozadas zapatillas deportivas que llevaba puestas.

De un cajón saqué un desodorante de ambiente y rocié por encima nuestro. Nos rodeó una fragancia cítrica bastante desagradable. La prefería al otro olor. Volví a tomar el libro, intentando continuar. La presencia, ya innegable de El Primer Hombre Delgado me lo impidió.

- Señor Carreras – me dijo con tanto respeto como alguien podría tener por otro. Me puso incómodo – Necesito su ayuda.

- Si te dije que no la primera vez ¿Por qué habría de ayudarte ahora? Su mirada atónita volvió a clavarse en mi rostro.

- ¿La primera vez?

- Aha…

- Pero… si nunca antes lo había visto. Es la primera vez que paso por esa puerta.

Estudié su expresión con detenimiento. Realmente no recordaba la ocasión anterior en la que había venido a mi estudio. Suspiré. Ojala no hubiese pasado. Todo se fue al infierno luego de ese primer encuentro. Tras él vinieron: El Segundo Hombre Delgado; la mujer que solía llamarse Romina Pascua y aquella noche sin estrellas que no se iba nunca. Sólo una luna triste nos acompañaba todo el tiempo. Volví a suspirar.

- Está bien. Pero contame bien que es lo que necesitas.


(sigue)

jueves, 12 de abril de 2007

Mientras escribe...

...la música clásica suena en la habitación de al lado, la puede escuchar perfectamente. Por la ventana entre todas las luces de la ciudad, le llaman la atención dos rojas y titilantes, que parecen comunicarse entre ellas, en un lenguaje indescifrable y lento, donde un saludo lleva meses y una charla años. El sonido del piano domina ahora la escena, con crescendos y decrescendos uno atrás de otro. Melodías rápidas y acordes dramáticos dan paso a una melodía lenta, casi romántica. Luego silencio. Y luego de nuevo el piano vertiginoso. Se sienta derecho en la silla, mientras escribe, y mira para afuera, buscando estrellas en el cielo nocturno. No ve ninguna, todas ocultas, tímidas de las de la tierra, las de las casas. Las luces rojas siguen su conversación, nada las inmuta. Toma un poco de te, casi frió, mientras piensa que mas escribir, hacia donde va este texto misteriosos que avanza al mismo tiempo que el tiempo. Sueña, tal vez, con que si logra escribir lo suficiente, el texto seguirá creándose solo, por inercia, contando su vida en detalle. Deja la boina a un lado y se levanta los pelos aplastados, sonríe ante lo ridículo de su idea, pero… se equivoca, borra, corrige. Como si eso fuera tan fácil en la vida. ¿Lo es? Se encoge de hombros, que importa. Mientras se rasca la espalda mira su pasado, frente suyo y piensa en su futuro, que siempre le escapa, siempre a sus espaldas. Sin importar cuan rápido gire, nunca puede ver nada. La melodía le hace recordar a un paisaje del Edén, con una cascada fría. Sonríe sutilmente. Y se atreven a decirle que tiene cara de nada, de Poker. Pero el conoce esa cara perfectamente, cada expresión cada sutileza, cada surco y arruga. Es una cara viva, llena de matices y reacción, moldeada con lágrimas y sonrisas, con besos y moretones. Termino la música y así este texto. Silencio.