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Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Rayuela, capitulo 93, Julio Cortazar
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viernes, 14 de junio de 2013

Relato de los viernes. Esquinas y pasajes

Buenos Aires es una ciudad encantadora que esconde secretos y misterios en cada uno de sus cien barrios. Si uno observa un mapa de la ciudad, va a registrar una cantidad pero si recorre la misma a pie, no le van a quedar dudas de esa cifra centenaria. Buenos Aires esconde monstruos, puertas a los siete infiernos de Dante,   fantasmas y estaciones de subte olvidadas donde se pueden ver espectros que esperan  un vagón que nunca llega, casas embrujadas y hasta alguna casona y castillo escondido con maldición y todo.
Tal vez sus  secretos mejor guardados sean sus calles, sus esquinas. Su carácter de vox populi las esconde a plena vista, con sus historias terrenales y del más allá. Las calles son las guardianes incorruptibles, infranqueables, de las historias.
 Una calle se eleva sobre todas las otras en su labor.
Se encuentra en el barrio de Colegiales, a unos pasitos de Cabildo y Aguilar. Si agarra por está última hacía el lado de Las Heras, esta calle es la primera paralela a Cabildo. Si llega a Vuelta de obligado, hágale caso a la calle y pegue la vuelta. Se pasó. Es un pasaje: una cuadra no muy larga y bien angosta.  Para no equivocarse busque una vieja casona que domina el paisaje con sus rostros en los capilares de las columnas, pero haga lo que haga, por favor, no mire a los ojos de esos rostros o pasará a decorar la casa dejando libre a su captor y antiguo capturado. Si logra contener su curiosidad y camina por el adoquinado a mitad de cuadra, va a encontrarse con un limonero que señala una antiquísima casa de adobe que, pese a su aspecto, se mantiene en óptimas condiciones.  Un gaucho todavía habita en ella y si se deja invitar unos mates, pelará una vihuela y le contará su historia, que tal vez ya conozca. Dos casas más allá, casi llegando a Palpa, encontrarán a una vieja mujer jorobada, que siempre está sentada en la puerta de su casa tomando mate sin importar la hora. No habla casi nunca. Nunca dice una palabra hasta que algún desprevenido se para frente a ella y le advierte que no la mire a los ojos, pero para ese entonces ya es demasiado tarde.   La muerte, inevitable, se encontrará  más cerca que antes de entrar a esa calle. Pero si logra no la mirarla a los ojos su vida se extenderá por décadas. Allí también encontrará un viejo bodegón atendido por, una hermosa pareja dónde lo efímero se vuelve eterno y lo que nunca pudo ser, se vuelve real  entre las tazas de su exquisito café.

Por supuesto, la calle no tiene nombre y si la busca en los mapas no la va a encontrar. Pero ahí está, esperándolo.  El secreto es ir por la zona sin pensar en esta calle, algo que no va a lograr luego de haber leído este texto. Al fin y al cabo hasta los guardianes necesitan ser cuidados.
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