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Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Rayuela, capitulo 93, Julio Cortazar
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viernes, 26 de abril de 2013

El relato de los viernes: De hielo



            Me despierto con un leve dolor en el pecho. Envío a los exploradores en busca de comida. Mi edad y mi posición me permiten quedarme en la comodidad y calor del refugio, junto con los pocos niños y mujeres. De todas maneras salgo a ver como caen las primeras nieves del día. Nieve gris, sucia. Nieve muerta. Pero aún así me recuerda cuando la conocí, cuando me salvó la vida. Me recuerda sus ojos. Una época lejana en el tiempo pero más real que esta vida acostumbrada a luchar por sobrevivir. Esa noche estaba muerto de sueño. No sé cuantas cafiaspirinas había tomado desde la mañana pero seguro fueron más de las recomendables. No contaba con fuerzas ni ánimo para levantar la taza de té que dejó en la mesa de luz. Creo que ese fue el momento el mundo se fue a la mierda. Aunque podría haber sucedido un instante antes o algunos minutos después, no estoy tan seguro. Solo podía pensar en sus ojos. El día anterior laburé casi hasta la medianoche. La guita no me sobraba e hice horas extras para poder salir de joda con los pibes. Cobré el día en mano.  No me gustaba pedir prestado, así que me rompí el lomo por unos mangos más. Hace poco uno de los exploradores  encontró uno de cien en perfecto estado. Apenas si tenía rota una esquina y llevaba una de esas inscripciones religiosas que le solían escribir para atraer más dinero.  El pibe estaba maravillado. Y yo se lo corté en pedacitos delante de todos, no podemos permitirnos perder el tiempo con boludeces. Pero cuando se fueron junte los pedazos y me los guardé.  El asunto que empezó supuestamente como una larga joda con amigos, una noche de pool, escabio y levante, terminó rápido, al menos la parte de los amigos. Íbamos siempre al mismo bar. Las mesas eran un asco, los paños estaban rotos y las bandas duras. Pero ahí había más minitas y cuando jugabas bien, tan bien como nosotros al menos, el levante se hacía más fácil. En una buena noche no  hacía ni falta encararlas, ellas lo hacían todo. Pero esa noche fue especial. Apenas jugamos un par de partidos, la vi observándome sin pestañear.  Tenía unos ojos tan claros, que podrían ser de hielo. Me acerqué, hablamos dos o tres palabras y nos fuimos para su departamento, que quedaba a  tres cuadras. Y esa, era una manera generosa de llamarlo porque la realidad es que era un sótano, oscuro, con dos pequeños tragaluces como ventanas y ventilación. Supongo que eso fue lo que me salvo ese día, estar ahí abajo.  Ella se movía en la oscuridad con una seguridad pasmosa, mientras que yo me llevaba por delante cada uno de sus muebles. Tomó el control de entrada y eso me descolocó. No estaba acostumbrado aquello y menos a lo que sucedió después. ¿Alguna vez tuvieron un orgasmo sin acabar? hasta esa noche siempre pensé que era un mito. Esa mujer sabía usar los músculos internos como ninguna Jamás volví a tener sexo como esa noche. Inolvidable, esos ojos tan cristalinos, estoy seguro que nunca se vio algo así, no después de esa mañana. Veo volver a los exploradores, traen algo grande, me pone feliz por los niños, pero yo no voy a lograr recibirlos, ni probar bocado. No siento el frio, y mis piernas ya no me sostienen. El cielo es tan gris y feo como la nieve, excepto ese  último copo que cae sobre mis ojos, cristalino, de hielo.
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