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Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Rayuela, capitulo 93, Julio Cortazar
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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un cuento: Santiago.



Como acostumbraba hacer todos los domingos, Santiago paseaba por las calles de Flores. El que lo hiciese un martes se debía más a una búsqueda desesperada de un lugar barato para comer que a un cambio de hábito sorpresivo y fuera de carácter. Que ese día fuese feriado no facilitaba su odisea. Las parrillitas que se encuentran junto a las vías estaban cerradas, los bares frente a la plaza habían sido abandonados por sus dueños mientras disfrutaban de una tarde en familia. Pero el destino no estaban del lado de Santiago, porque aunque abandonados, los propietarios habían tenido la indecencia de bajar las persianas y cerrar con llave sus locales.
Casi sin esperanzas se dirigió a la estación. Probaría suerte en Once o Caballito. No compró boleto, la estación estaba desierta de punta a punta. Solo se encontraba él, él y la mujer que a su lado hacía tortillas paraguayas sobre una improvisada parrilla. ¿Cómo no la había visto antes? ¿Cómo no había olido tan exquisito aroma? La mujer le dedicó una de esas sonrisas que encandilan a los hombres desprevenidos. Desprevenidos de su ausencia casi total de dientes.

  • ¿Cuánto cada una? – pregunto. Solo había dos tortillas sobre las brasas.
  • Nada.
  • ¿Nada? –Se le iluminaron los ojos.

Santiago era uno de esos hombres poco sensibles que no prestaban atención a las sabias palabras que las Viejas de Gavilán le inculcaban a la gente a los gritos: En Flores ningún regalo es gratis, se paga con el alma.


Intentó tomar ambas tortillas al mismo tiempo; se lo impidió el calor de las brasas.  En ese momento Santiago tuvo la visión, uno a uno, de los nueve círculos del infierno. Pero si no escuchaba los gritos de las viejas de Gavilán, menos lo hacía con su instinto de supervivencia, que apenas susurraba.

  • Sólo una – le explicó la señora –. Una te traerá la fortuna, la otra la desdicha; una te traerá el amor, la otra el odio; una te … -  pero no pudo seguir, Santiago ya comía, desesperado, la de la derecha.

Honrando la verdad diremos que a Santiago no le importó que la tortilla estuviese francamente espantosa. El hambre se devora todo cuando lo impulsa la desesperación.

La señora desapareció engullida por las sombras, hecho que hubiese advertido de muchas cosas a Santiago si un momento después no la hubiese visto bajar por Artigas, maniobrando para que no se le trabara la parrilla portátil en la vereda rota.

Si la profecía de las tortillas era cierta o no, no lo sabremos nunca. No quedan registros sobre ellas. Pero sí sabemos sobre cómo siguió la vida de Santiago. A la mañana siguiente, encontró cuatrocientos pesos a pocos pasos de la puerta de su casa, y sin dudarlo, más bien casi poseído, se dirigió al bingo ubicado en la Av. San Pedrito. Perdió los primeros trescientos cincuenta pesos que jugó. Cuando ya se preguntaba por qué había ido a jugar,en vez de comprar comida para todo el mes, tuvo un golpe de suerte (habilidad dicen algunos) y se retiró con dos mil pesos en los bolsillos. Al otro día, siguiendo más o menos los mismos pasos del día anterior, volvió a su casa con diez mil. Al próximo lo haría con cincuenta mil y así por lo siguientes tres días. Hasta que no lo dejaron a entrar en ese casino, ni en ningún otro.
Lo denunciaron. Lo acusaron de hacer fraude, de contar cartas, de tener buchones y de innumerables métodos alternativos para ganar lo imposible.

  • Los sucesos de estos últimos días – dijo frente a las cámaras de televisión -, estas acusaciones, no solo insultan mi persona, también mi inteligencia. Yo jamás sería capaz de realizar dichas maniobras – sentenció –. ¡No me da la cabeza!

Cierto o no, Santiago fue absuelto de todo cargo.
En pocos meses se había convertido en uno de los individuos más ricos de la Argentina. Se codeaba con la alta sociedad. Ésta se la devolvía con cachetadas, insultos y a veces trompadas.

Por supuesto, no faltaron oportunistas que intentaron aprovecharse del ingenuo Santiago. Los personajes más infames se le acercaban recomendándole inversiones inauditas, en las que participaban como supuestos intermediarios y a veces como claros beneficiados. De alguna manera u otra, contra todo pronóstico, Santiago siempre conseguía enormes ganancias.

Conocido es el refrán “afortunado en el juego, desafortunado en el amor”. Otro axioma que no se aplicaba a Santiago. Todos los días, se presentaban ante su puerta decenas de pretendientes. Cada semana se pavoneaba con una mujer diferente. Hasta que se casó con su mayor conquista, la vedette y renombrada poeta Ana Lazos.
Ana escribió su más famoso poema tras la luna de miel. Su contenido no apto para todo público nos impide reproducirlo, pero en él habla de esa primera noche de pasión con Santiago, de cómo sus cuerpos se fusionaron en uno, con versos que estremecen a los lectores. El último verso, acaso el más celebrado, deja en claro la posición de la vedette. No volvería a estar con otro hombre, menos aún si ese hombre era Santiago.

Son recordadas también las fiestas de beneficencia que organizaba Santiago. Duraban varios días y algunas noches. Todas las ganancias eran donadas a diferentes organismos de ayuda a los necesitados. Que el dinero nunca les llegase, nunca fue culpa de Santiago.

Se cuenta que en una de esas fiestas, apenas un año y medio después de haberla visto por primera vez, se le acercó la dama desdentada. Ella le preguntó algo y él respondió dejándose caer desde el piso veinte.
No hay fuentes directas que confirmen lo sucedido; todo parece haber sido presenciado por el amigo de un amigo. Nunca se encontró el cuerpo.
Se cuenta también que por las calles de Flores pasea un hombre que apenas llega a comprar la comida para cada día. Un hombre acompañado por su mujer y sus dos hijos.
Las Viejas de Gavilán gritan que se trata de Santiago y que por fin es feliz.
O tal vez no. Nadie las escucha.
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