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Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Rayuela, capitulo 93, Julio Cortazar
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domingo, 7 de julio de 2013

Relatos Inesperados: Las manos.

Gabriel golpeaba el cuchillo contra la  vieja heladera.  Por suerte estaba solo. Ella le habría censurado ese “ruidito molesto”. Se rió entre lágrimas.
Lágrimas por su ausencia. Lágrimas por su presencia en todo lo que hacía.
Ninguno de sus primos se animó a acompañarlo.  “Bah, no es que no se animaron, les importa un bledo lo que hay dentro de la casa” le había comentado a su mejor amigo “Solo cuanto van a poder sacar por la venta”.
Se encogió de hombros, mejor estar solo que con esos tipos. El qué había pasado toda su vida entre estas paredes había sido él. Ahí nació, ahí, en ese cuarto, el de las paredes celestes.   Y por esa puerta vio irse a la espalda quien le dio a luz, para no volver.  Pero, mientras la puerta se cerraba, unas manos, sus manos ya algo arrugadas, se acercaban para abrazarlo.
                Se durmió en esa cama que había sido suya durante tantos años. Soñó con las tortas, con los tangos y boleros, con sus manos acariciándole la cabeza. Y mientras dormía las lágrimas se fueron y una sonrisa afloró en el rostro. Se despertó tarde, se sentó y por algún motivo las piernas no le llegaban al suelo. Con un saltito  fue hacia el baño. El picaporte y la llave de luz estaban más altos de lo normal. No llegó a prender  la luz que lo asustó un ruido que llegaba de la cocina. ¿Un ladrón? Salió corriendo. Tropezó con un mueble que hacía años que no estaba ahí. Atajó la lámpara y se quedó quieto. Escuchó un bolero, un bolero cantado con esa voz tan bajita como ella y  luego la vio batiendo huevos y con todo listo para marinar las milanesas.
                Abuela.               
                Dejó caer la lámpara al suelo. No escucho el estruendo, ni se percato de los vidrios rotos cuando camino hacia ella.
                Abuela.
                Y ella corrió hacia él y lo levantó en brazos como si no tuviese treinta y dos años
-¡Gabito! ¿Pero que haces, ché? ¡Tené cuidado!
-¡Abuela!
 -¿A ver esas patitas? No te cortaste de casualidad.  Ya está, no pasó nada, deja de llorar y explicáme que hacías con esa lámpara en mano.
-¡Abuela!
-¿Otra vez jugando a esa película que dan en el cine? Me parece muy violento que un chico juegue a esas cosas.
                Y al fin se vio al espejo, chiquito, con los rulos largos, sin el corte en la frente. Y entendió que era un recuerdo. Ella le lavó la cara y él por fin dejó de llorar.
-¡Pero…! Si me abrazas así de fuerte me vas a ahorcar. Veni, contáme que pasa.
                Se sentaron en ese sillón, que era para uno sólo pero que fue siempre para los dos.  Gabriel se quedó abrazándola, sintió su piel, el pulóver que usaba para cocinar en invierno, su corazón. Y luego de un largo silencio, la miró y ella supo que era algo serio. Y supo que no era su pequeño Gabito, sino que era Gabriel.
-Abuela, ¿qué pasó con mi papá?
-La verdad es que no lo sé. Creo que tu mamá no le dijo que estaba embarazada de vos.
-¿Pero sabes quién es?
-Sí.  Se llama Juan Manuel Duarte. Si buscas en el sótano vas a encontrar muchas fotos y cartas de él a tu mamá. Cartas que nunca leyó.
-Pero abuela, ¿nunca lo buscaste?
-Ay, Gabito…
                Y está vez fue ella quien dejo escapar lagrimas sin romper en llanto.
-Es que tenía miedo.
-¿Miedo de qué?
-De que me dejara sola.
-Ay, abuela. Nunca te pregunté por eso mismo, para que no tengas miedo.
-Gabito, somos dos paparulos.
-Sí, abuela.
-Me parece que es hora de que vuelvas a la cama, es muy tarde.
-Sí, abuela.
                Y fue hacia la pieza y se metió en la cama, ella lo arropó y cuando estaba por irse le hizo una última pregunta.
-Gabito, ¿extrañas mis tortas?
-¡Casi tanto cómo a vos!
                Ella volvió a sonreír.
-En el sótano junto a las fotos de tu papá, vas a encontrar mi libro de recetas.
-Gracias abuela
                Y se durmió.
               
Nunca extraño a una madre porque tuvo abuela.

Y ahora a su abuela. Y a su madre.  La misma persona. 
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